Madrid al Sol (II)

Ayer expliqué por qué el proyecto Piensa Sol me parece deficiente. Hoy voy a explicar por qué me parece decepcionante e incluso, en algunos puntos, como el modelo participativo, insultante.

Dos son los motivos fundamentales por los que el proyecto me decepciona:

(i) Por motivos empíricos, que dan cuenta de hasta qué punto el equipo del proyecto o bien desconoce, o bien desatiende y menosprecia iniciativas que ya han pensado y siguen pensando e interviniendo sobre el entorno de Sol, empezando por supuesto con #acampadasol, sobre la que volveré enseguida, pero sin olvidarnos por ejemplo de El Campo de Cebada, ¡Ésta es una plaza!, la Red de Huertos Urbanos de Madrid o La Mesa, por mencionar las primeras iniciativas que se me vienen a la cabeza.

(ii) Por razones teóricas, que demuestran la pobreza conceptual y la dejadez intelectual con la que se ha decido abordar la problematización de Sol.

A continuación paso a elaborar cada uno de estos puntos en mayor detalle.

Foto de Julio Albarrán

 

1. Empiria

Ya dejé claro ayer que la llamada a la ‘participación’ contiene muy serias y graves deficiencias estructurales, empezando por el vaciamiento que se le hace a esa misma ‘participación’ al no incorporarla al proceso de diseño del proyecto. En todo caso, la presunta participación, como señalaré más adelante en el apartado de teoría, es un concepto sociológicamente muerto.

Me interesa más el ejercicio de invisibilización que, en nombre de la participación, se hace de iniciativas ya en marcha.

Por ejemplo, #acampadasol. ¿Acaso la acampada no desplegó ya en su día el mayor y probablemente más importante ejercicio de pensamiento al sol, desde Sol y con Sol de nuestra historia urbana?

La acampada se hizo cargo de Sol en unos términos que hoy, retrospectivamente, podemos afirmar supusieron una de las más originales e importantes re-problematizaciones de lo que Sol es en tanto que objeto urbano. Con ello no quiero decir que la acampada nos ofrezca el modelo y la solución, sino que en su devenir tropezó con recursos conceptuales y materiales que, de golpe, redefinieron el objeto ciudad. No atender a esas innovaciones urbanísticas es un error garrafal. Por ejemplo:

(i) La acampada se hizo cargo de las numerosas y notables deficiencias tecnológicas de la plaza, habilitando para ello redes wi-fi abiertas.  Es más, la acampada demostró que activar la ‘participación en red’ no consiste simplemente en abrir el acceso a conexiones de datos, sino que requiere preguntarse sobre la naturaleza misma de esas infraestructuras que posibilitan la producción y circulación de información en primera instancia: en el caso de #acampadasol, por ejemplo, optando por la red social libre n-1 para organizar las distintas comisiones y grupos de trabajo de la acampada.

(ii) La acampada re-inventó el concepto de mobiliario urbano: transformó el equipamiento de la plaza en un conjunto de infraestructuras móviles, capaces de mimetizarse con su entorno y sus requerimientos de uso; infraestructuras, por tanto, que inventaron nuevas formas espaciales para la plaza, a través de la lectura (biblioteca), del juego y el recreo (zona infantil), del cuidado y la atención (zonas de comidas y enfermería).

Foto de Julio Albarrán

(iii) La acampada se instaló reflexivamente en Sol. Las asambleas y grupos de debate dieron cuenta, quizás como nunca antes en nuestra historia urbana reciente, del tan manido concepto del ‘espacio público’ como espacio de encuentro, debate e intercambio. En la plaza se hablaba, se debatía y polemizaba. Pero #acampadasol fue varios pasos más allá, al infraestructurarse ella misma en comisiones de pensamiento, de respeto, de inmigración, etc. El pensamiento no era algo que se hacía sobrevolando la plaza sino desde y con la plaza misma.

(iv) La acampada inventó nuevos géneros del relato urbano, nuevos lenguajes e iconografías de la re/presentación, nuevas maneras de contar la experiencia de habitar la plaza, de des-plazarse por y con ella: a través de fotografías, de tuits, dibujos, enlaces, cartografías, listas de distribución, mensajes de texto, etc.

Es en este contexto que regreso al tema de la participación, pues a la luz de lo dicho uno no puede sino preguntarse si acaso no deberíamos ser nosotros, los ciudadanos, quienes convocáramos a la administración a participar, visto que es ésta quien ha permanecido al margen del más importante y significativo ejercicio de pensamiento colectivo en torno a la plaza en mucho tiempo, quizás incluso en toda su historia.

2. Teoría.

En esta sección voy a explicar por qué el repertorio de imaginarios teórico-conceptuales que adornan la propuesta me parece decepcionante e impropio de la tarea que nos ocupa. Para ello pasaré de puntillas por algunos de las propuestas más sugerentes de la teoría social y los estudios urbanos contemporáneos.

Ya dije ayer que en los términos propuestos por el Comité Científico (en el vídeo de presentación) y en el conjunto de retóricas que invitan a la participación, el proyecto se instala cómodamente en los imaginarios urbanísticos del pensamiento cosmopolita y humanista de los años 1960-70s. A mi entender esto, además de un error que no da cuenta de las capacidades que Sol ya ha demostrado (como he apuntado arriba), demuestra una vergonzosa auto-complacencia intelectual.

(i) Sobre la participación.

La participación está muerta sociológicamente. Muerta. Hoy no es más que un dispositivo y una retórica de marketing.

Valga como ejemplo esta lista de reinvenciones sociológicas de la participación en estudios de desarrollo y economía política durante los últimos 20 años: ‘state – civil society relations’, ‘participatory development’, ‘empowerment’, ‘upstream engagement’, ‘people’s planning’ o ‘community stakeholdership’, entre otros. Dicho de otro modo, lo único que la participación ha conseguido en este tiempo ha sido su re-articulación como aparato discursivo.

La participación, en suma, no es otra cosa que una figura de simetría retórica: un doble gesto que inventa a un supuesto ‘participante’ a la par que lo re-equilibra en su relación con nosotros (e.j. A. Maranta, M. Guggenheim et. al, ‘The reality of experts and the imagined lay person’, 2003). Prueba de ello es que son siempre las administraciones las que llaman a la participación. Pero, como he dicho arriba, ¿acaso no deberíamos ser nosotros quiénes les invitáramos a sumarse a los procesos de reflexión e infraestructuración colectiva que ya están en marcha en la ciudad?

(ii) Sobre las infraestructuras.

La historia de las ciudades ha estado siempre ligada a la historia de la infraestructura: del transporte de mercancías y personas, y de las comunicaciones. La ola de digitalización que hoy atraviesa el pensamiento urbano – en su vertiente menos interesante, en nombre de las ‘smart cities’ o ciudades inteligentes – no es por tanto más que un episodio más de esta historia.

Ahora bien, desde hace aproximadamente diez años la teoría urbana ha empezado a abordar el problema de las infraestructuras desde otro lugar que el meramente accesorio: las infraestructura no como algo superpuesto a la ciudad, al interior de lo cual circulan cosas (personas, coches, mercancías, datos), sino como un proceso social en sí mismo. El desafío, claro, radica en dilucidar en qué pueda consistir eso de que lo social se infraestructure a sí mismo.

Es así que los conceptos teóricos que con mayor solvencia han explicado la naturaleza de las transformaciones de la ciudad contemporánea en la última década son nociones todas que apuntan a una sociología de la materialidad: desde las ‘ciudades metabólicas’ (E. Swyngendouw) a las ‘ciudades sentientes’ (M. Shepard), pasando por las ‘ciudades cyborg’ (M. Gandy), el paradigma emergente de las ‘ciudades post-red’ (O. Courtard) y las ‘ciudades experimentales’ (H. Bulkeley), o la ya referida vulgaridad de las ‘smart cities’.

Me temo que me llevaría demasiado tiempo explicar cada una de estas nociones. Pero tampoco hace falta. Lo que nos vienen a decir es que los problemas urbanísticos más acuciantes se abordan hoy desde el paradigma de la experimentación: apostando por espacios y dinámicas que ponen en crisis y cuestionan su sostenibilidad tecno-infraestructural, sus modelos de gobernanza, sus sistemas expertos, las formas de propiedad y circulación de datos e información, las tecnologías de visualización y ambientación que permiten descubrir, pero también deslegitimar, a nuevos actores, objetos y dispositivos en un entorno urbano. La ciudad hoy está en vilo, (re)descubriendo nuevos lenguajes, semiologías y procesos ecológicos. #acampadasol emergió en su día como un prototipo tal de gobernanza experimental de la ciudad (‘de una ciudad en pequeñito’, como se decía en la acampada).

En este contexto invitar a pensar Sol desde el ‘espacio público’, la ‘diversidad’ o el ‘multiculturalismo’ no es tanto un anacronismo como una imprudencia. No sólo no responde a las exigencias del urbanismo contemporáneo, sino que da la espalda a las capacidades experimentales que la ciudadanía, por sí sola, ya ha demostrado.

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