Cuidar de la participación (y no inventarla)

El Ayuntamiento de Madrid organizaba a finales de noviembre los primeros foros locales de distrito con los que trata de promover políticas participativas. Coincidía con el fin de semana en que el Campo de Cebada celebraba su despedida (que se hará efectiva mañana, 15 de diciembre). El gobierno de la ciudad celebra su intento por involucrar a ciudadanos y vecinas en los asuntos urbanos justo cuando cierra sus puertas una de las experiencias más singulares, valiosas e ilusionantes que nos ha enseñado re-imaginar lo que significa la ciudad e involucrarnos en ella de una manera distinta.

Una coincidencia que nos muestra de manera iluminadora dos maneras radicalmente diferentes de expandir la política urbana. La primera, promovida desde una institución que entiende la participación ciudadana como un ejercicio por invitación: el gobierno municipal decide cuándo, dónde y cómo podemos tomar parte en los asuntos de la ciudad (y decide también cuáles son las preguntas y temas que nos podemos abordar). Frente a eso, proyectos como El Campo de Cebada (y otros) nos enseñan otras modos de abrir el horizonte de la política, una que pasa por a construir los espacios y desplegar las infraestructuras necesarias para experimentar con otras formas de ciudad.

Estamos ante una singular paradoja. Un gobierno que trata de explorar de manera convencida formas de participación pero ignora, sin embargo, los proyectos más singulares de reinvención política e inventiva urbana que se han desarrollado en la última década en Madrid.

Un amplio espacio (5.500 m2) en mitad uno de los más céntricos barrios de Madrid, los Austrias (conocido popularmente como La Latina), El Campo de Cebada surgió donde solo existía un vacío urbano. Desde que se abriera de par en par en 2011, el espacio ha rebosado con actividades de todo tipo: Cines durante el estío, música los fines de semana, teatro… hubo una universidad de verano, encuentros de lucha libre, mercados de editoriales independientes… y asambleas, muchas asambleas. Y no han faltado los conflictos y las controversias, al contrario, han existido disputas intensas sobre lo que cabía, y lo que no: si era posible programar un Don Juan Tenorio o si resultaba legítimo proyectar películas comerciales.

Conflictos que revitalizan un espacio público que sistemáticamente ha sido apaciguado en periodos recientes. El Campo nos ha enseñado, como ellos lo expresan, a ‘habitar el conflicto’: airear diferencias, inventar formas de abordarlas y construir conjuntamente formas de relacionarnos, con otras y con la ciudad. El Campo nos ha enseñado lo que significa hacernos cargo de la polis y los asuntos urbanos, implicarnos en el cuidado de la calle y lo que ocurre en ella. Aprendizajes que nos devuelven la esperanza de que podemos componer una ciudad distinta.

Pero como otros proyectos, las energías de quienes los arrancan y sostienen se agotan, sus vidas cambian y se necesitan remplazos para hacerse cargo de la ilusión colectiva y las tareas compartidas que un lugar así demanda. Ese es sin duda uno de los elementos centrales de experimentos urbanos como este. No sabemos cuánto duran (o pueden durar), pero sí sabemos que dentro y fuera del laboratorio, los experimentos tienen siempre una vida limitada. Se agotan las energías y hay un punto en que solo es posible sostener la autonomía de estos experimentos urbanos si se aportan los recursos que su continuidad requiere.

El Campo es un proyecto frágil, vulnerable y precario pero de excepcional valor reconocido internacionalmente. El proyecto ha suscitado el interés de instituciones internacionales de prestigio. El año 2013 recibió del prestigioso festival austriaco Ars Electronica el premio Golden Nica, el mismo año que la XII Bienal de Arquitectura y Urbanismo de España le concedió uno de sus galardones. El Campo ha ocupado el interés de académicos y profesionales dedicados al urbanismo por igual.

Desgraciadamente, El Campo cierra y el ayuntamiento no hace ni ha hecho nada. Se había comprometido a enviar una serie de mediadores en noviembre, y estos no han aparecido. No parece que tampoco tenga intenciones de aportar los mínimos recursos que un espacio así requiere para continuar alimentando la imaginación urbana de la ciudad. Nos encontramos ante otro ejemplo más de la desidia con la que el gobierno municipal está tratando los proyectos de genuina innovación en la gobernanza urbana (porque es algo más que participación) que se han desarrollado en tiempos recientes en Madrid.

Una indiferencia que se repite en el trato que el gobierno municipal dio al Patio Maravillas, al Espacio Vecinal Arganzuela (EVA) o a proyectos modestos como Ganando metros en Tetuán. El caso de EVA es también significativo, un proyecto del barrio y de barrio, que ha pasado varios años tramando la complicidad de vecinas en una sofisticadísima iniciativa. La cesión de un espacio de 1.500 m2 en el antiguo mercado de frutas y verduras ha sido un éxito para las vecinas que paradójicamente ha dejado entrever en un proceso largo y tedioso el ninguneo con que el ayuntamiento trata estas iniciativas.

La pregunta que nuestras instituciones públicas parece que no quieren plantearse es esta: ¿cómo hacer cargo de aquellos experimentos donde las vecinas se han hecho cargo de la ciudad?, ¿cómo tratar con cuidado aquellos lugares en los que ha germinado una singular ética del cuidado urbano? Y esto es crucial, porque mientras las instituciones públicas son incapaces de involucrar a vecinas y ciudadanos en los asuntos urbanos a través de eso que llaman participación, nos encontramos con iniciativas ciudadanas que llevan años aprendiendo, y enseñando, a hacerlo. Sea por arrogancia, desidia o ignorancia, nuestras instituciones públicas bien podrían comenzar a aprender de aquellos lugares donde la gobernanza de la ciudad es reinventada.

Bienvenidos sean los foros locales que tratan de re-organizar la arquitectura institucional de la política y las infraestructuras digitales que nos ofrecen participar en los presupuestos de la ciudad. Pero necesitamos algo más que tomar parte en los límites estrechos de una política deliberativa donde la implicación en la política de la ciudad se cursa por invitación.

Hemos aprendido de El Campo, el EVA y el Patio (y muchos otros) que la política en la ciudad no consiste en deliberar sino en hacer, que no requiere solo de palabras sino de infraestructuras. Proyectos donde son las vecinas las que determinan cuáles son los asuntos relevantes que quieren abordar. Pareciera que el gobierno municipal ha asumido como misión el inventar nuevas formas de participación política cuando quizás la época actual les demanda es cuidar las que llevan tiempo florecido de una a otra parte de la ciudad.

 

Imagen: Representación en el Campo de Cebada, septiembre de 2016 (Campo de Cebada.

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