Glosario borroso sobre ciudad

Parece que hemos entrado en un ciclo de toma de posición (cuando no de toma de posesión) respecto del cual hay que manifestar lo que pensamos sobre esto y lo otro, con voz única y unilateral, en todos los órdenes de la vida: sobre cultura y sobre ciudad, sobre soberanía y autonomía, sobre hegemonía y razón popular, sobre lo instituido y lo instituyente, en fin, sobre tantas cosas que a uno, francamente, le cuesta hilar fino y no verlo todo borroso.

Por eso he considerado que a lo mejor ha llegado el momento para, no tanto tomar, como abrir una posición, una posición borrosa. Por ejemplo, esbozar un glosario borroso sobre ciudad. Un glosario borroso con el que pellizcarme cada vez que alguno intenta embelesarme con su toma de posesión. ¿Por qué sobre ciudad? Porque sigue siendo, muy a mi pesar y por mucho que lo intento, cosa sobre la que se me mezclan y emborronan muchas cosas y muchas voces.

El glosario recorre algunas de esas voces que hoy oímos sobre ciudad. Unas se oyen más que otras, y desde luego no están todas. Son voces, también, que reverberan, que se superponen y confunde unas con otras. Conviene, sin embargo, tenerlas todas presentes.

1. La ciudad es algo que nos pasa, es decir, algo que nos atraviesa, que nos sobrevuela, una corriente que nos lleva. Somos sujetos pasivos de ella: proceso histórico, macroeconomía, geopolítica del miedo.

Así, nos dicen, la ciudad es un lugar que ocupamos de camino a otro sitio: al progreso, a la modernidad, al desarrollo; también al abismo, a la violencia, a la desesperación y la desesperanza.

¿Cómo nos lleva la ciudad a esos sitios? Generalmente en un tobogán evolucionista, por el que han pasado desde la lucha de clases a la destrucción creativa, así como las más diversas dialécticas higienistas, pedagógicas e iluminadas. Hoy nos hablan de acumulación por desposesión o de aceleramiento antropocénico. Los más felices – históricamente también, los más peligrosos – nos hablan de ciudades marcas y ciudades creativas.

2. La ciudad es una condición, un orden constituido: entre lo sagrado y lo secular, entre cultura y naturaleza, de derechos y obligaciones, de libertades y responsabilidades, de identidades y clases. En la ciudad ‘somos’, y desde esta condición de ser ‘estamos-para’: dar y recibir, mandar o servir, exhibir o ser expuestos, vender y comprar, cuidar o ser cuidados, controlar o ser controlados.

Todavía hoy encontramos ciudades repletas de puertas y umbrales que separan unas condiciones de otras.

3. La ciudad es una comunidad, un entramado de relaciones, a veces simples, casi siempre complejas: gremios y colegios, sociedades y corporaciones, círculos de potentados, círculos de conspiradores y círculos de revolucionarios, gentes de un mismo lugar o personas de una misma orientación sexual o identidad de género.

Las comunidades a veces se mezclan, a veces no, dando lugar a segregaciones raciales, étnicas, profesionales, etc., o bien a encuentros multiculturales y cosmopolitas que nos traen gran alegría y felicidad [sic].

4. La ciudad es una base de datos, sobre esas comunidades y sobre otras que no sabemos aún que existen: datos sobre el perfil socio-demográfico de sus residentes, sobre sus hábitos de consumo, sobre eficiencia energética, sobre transporte y movilidad; datos sobre el precio del metro cuadrado y sobre su relación con el nivel medio de ingresos en un distrito, y sobre el cruce comparado de unos y otros datos por distritos, y todavía otro cruce de datos adicional a partir del nivel educativo de los integrantes de la unidad familiar, o de su lugar de procedencia, o de sus años de empadronamiento.

La ciudad es una gramática abierta de datos cuyas lenguas (en plural) apenas alcanzamos a vislumbrar.

5. La ciudad es un espacio, al interior del cual a veces obramos nosotros, pero que otras muchas veces obra todo él sobre nosotros mismos.

Un espacio privado, un espacio público, un espacio común. Y espacios entre medias, en los intersticios y en los márgenes, con nombres y sin nombres.

Los espacios de la ciudad son a veces fríos bloques de hielo, que nos congelan e impiden movernos. Nos asustan y atemorizan, quedando en ellos atrapados. La imaginación espacial nos puede, nos decimos.

Otras veces creemos que los espacios de la ciudad son nuestros, lugares prestos a ser ocupados. Hay imaginaciones espaciales que nos empoderan, nos decimos.

Y luego está el territorio. El territorio, el territorio, el territorio. Y la escala.

Territorio y escala: escuadra y cartabón para acabar con todo atisbo de imaginación espacial. Para acabar de una vez por todas con la ciudad.

6. La ciudad es un ecosistema, un sistema metabólico y circulatorio, al interior del cual se mueven y desplazan bienes, capital, información, personas y excrementos.

Se mueven recursos y residuos, activos y desechos, muebles e inmuebles, seres humanos y seres inhumanos, al compás de plusvalías que dibujan una ecología política retroactiva y retrógrada.

7. La ciudad es una red, una topología, un sistema infraestructural e informacional; una señal, un bit, un indicador, una imagen.

Information, knowledge, smart cities: No hay manera de quedarse fuera sino es quedándose atrás.

7. La ciudad es un modo de estar en el mundo, una actitud, una cultura: la del flâneur curioso, el paseante que busca dejarse asombrar por las luces de la ciudad, por el centelleo de sus infinitas formas y mercancías; o la del extraño, que navega un mundo nuevo que ni le termina de ser próximo ni le termina de ser ajeno. Entre unos y otros, la ciudad se despliega como un gran espectáculo de consumo, de objetos, personas y paisajes, alimentado a fetichistas, caníbales y turistas, una suerte de fantasmagoría que nos sobrecoge sin que sepamos o queramos resistirnos.

8. La ciudad es una pulsión, un cuerpo enervado, en tensión, curioso y observador, sagaz y espabilado, deseoso y voraz, que se escurre y adelanta a todo, que se escabulle para llegar al mundo una milésima de segundo antes de haber acontecido.

La ciudad está ahí, ahí, ahí, aconteciendo.

9. La ciudad es un sistema abierto y auto-organizado, complejo y emergente, vivo, material, dinámico y recursivo, en constante proceso de aprendizaje.

Por ello, si queremos alcanzar a ‘tocar’ la ciudad, a pulsarla y entrever cómo crece y se desenvuelve, no hay otra manera de hacerlo que a través del aprendizaje, del diseño de sistemas vivos que aprenden de la mano de la ciudad misma.

Aprendizajes que son susurros vertebradores de la vida urbana, que la infra-estructuran, que se despliegan con ella, a diferencia de las normas, las ordenanzas, los reglamentos, los planes urbanísticos y toda otra clase de pronunciamientos expertos, que super-estructuran la ciudad, legislando y ‘enseñando’ un urbanismo ya extinguido y muerto.

Vamos a ver cuánto da de sí la toma de posesión.

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