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Colectivos de arquitectura: otra sensibilidad urbana

Las ciudades están mutando de un lado a otro del globo. Los habitantes que antes sólo transitaban por sus calles o paseaban sus jardines se aposentan en ellas para amueblar plazas y ocupar solares. Una forma de urbanismo ciudadano emerge a través del cual el espacio urbano es rediseñado en la calle y desde la calle. Los huertos ocupados y autogestionados se han extendido en los últimos años, la bicicleta emerge como alternativa creciente al coche, las okupaciones gozan de un renovado vigor, nuevas infraestructuras digitales son desplegadas y vacíos urbanos son reverdecidos por los vecinos. Son todas ellas prácticas que toman parte en la construcción de la ciudad al tiempo que expanden y redefinen sus formas de gobernanza. Una amplia geografía de espacios gestionados por los vecinos y habitantes ha emergido en Madrid en los últimos años, y en ella hay un actor de relevancia (no el único) que ha aportado una singular experticia material y sensibilidad urbana: los llamados colectivos de arquitectura, una denominación que señala a agrupaciones de jóvenes (normalmente) arquitectos/as (aunque no únicamente) surgidas en la última década.

La noción de colectivo de arquitectura (CA) ha sido objeto de una intensa discusión recientemente, (véase el monográfico en la revista Arquitectura Viva) pero más allá del debate nominalista los colectivos han hecho visible dentro de sus disciplina la exploración de nuevas formas de organización del trabajo y de la autoría (distinta a la del estudio tradicional), la reformulación de aspectos fundamentales de la práctica arquitectónica y la generación de nuevos circuitos para la circulación de su experticia disciplinar. Más allá de lo que suponen de innovación dentro de la arquitectura, los CA son de una excepcional porque nos han mostrado otras maneras de practicar la ciudad y nos ayudan a imaginar nuevas formas de organización para la producción del conocimiento urbano.

Mi contacto más estrecho con ellos proviene del trabajo que con Alberto Corsín Jiménez hemos desarrollado en colaboración con Basurama y Zuloark, dos colectivos que se reconocen como tales. Con ellos nos embarcamos en un largo diálogo que comenzó a mediados de 2012 y que dio como resultado el proyecto Ciudad Escuela en el que también participan los arquitectos Domenico Di Siena y Alfonso Sánchez Uzábal. Ciudad Escuela es un ejercicio en el que la antropología (nuestra disciplina) es reamueblada material y conceptualmente en diálogo con una arquitectura que adquiere, podríamos decir, una capa antropológica (15Muebles hemos llamado a la plataforma). Esa relación nos ha puesto en contacto con otros colectivos y proyectos en Madrid, entre ellos el Vivero de Iniciativas Ciudadanas, Todo por la Praxis, Pez Estudio, PKMN, PEC, n’UNDO y Paisaje Transversal. La antropología tiene una larga tradición de estudio de la ciudad, pero la relación con ese ecosistema nos ha abierto a otra manera de mirar lo urbano, otra lugar (literalmente) desde donde pensarlo y nuevas prácticas para intervenirlo.

Los colectivos, o como quiera que quienes los componen los denominen, no operan sólo en el entorno urbano pero ese es sin duda uno de sus lugares paradigmáticos de intervención. A través de su trabajo nos han enseñado a problematizar las formas de experticias que necesitamos para la construcción de ciudad, y en ese proceso han transformado la suya propia y han establecido un diálogo fructífero con otras disciplinas. Su trabajo nos proporciona a los habitantes de la ciudad materiales (literalmente) para que reformulemos nuestra sensibilidad urbana y sus ejercicios de intervención podemos considerarlos la expresión reformulada del derecho a la ciudad, lo que podríamos llamar el derecho a la infraestructura, como ha acuñado de manera convincente Alberto. Este es un relato parcial de los colectivos de arquitectura que presta atención a tres aspectos: los lugares de la ciudad en los que intervienen, la práctica material que infraestructura esos espacios abandonados de la ciudad y, como resultado de todo ello, la emergencia de una manera distinta de componer la ciudad.

Asociaciones urbanas
Toda una geografía de solares, vacíos urbanos, espacios en desuso y edificios recuperados se han convertido en el lugar en el cual los colectivos enseñan y aprenden. Una manera de mirar a los colectivos es pensarlos a través de los lugares en los que intervienen. La forma de asociación de los colectivos ha recibido extensa atención, se ha señalado que está caracterizada por su estructura horizontal, abierta y participativa; un modo de organización propio de este tiempo intensamente influido por los imaginarios de la cultura digital. Menos atención se ha prestado a la manera como los CA toman parte en la configuración de nuevas formas de asociación urbana. Los ejemplos son innumerables, como El Campo de Cebada en Madrid, un solar vacío de titularidad municipal y enormes dimensiones (5.500 metros cuadrados) que desde mediados de 2011 ha sido gestionado legalmente por los vecinos del barrio. El Campo, sin embargo, no es sólo un espacio sino un nuevo colectivo urbano: heterogéneo, de límites difusos pero de presencia manifiesta. Lo mismo podríamos decir del amplio recinto fabril de Can Batlló en Barcelona: es un espacio, pero es también un colectivo, o más apropiado sería decir que es un colectivo que incluye como participante indispensable el espacio que lo contiene y la infraestructura que le da cuerpo.

Sabemos todos que las asociaciones de vecinos fueron durante la década de los setenta un movimiento ejemplar en la construcción de una ciudad más justa en España. Buena parte de las ciudades que tenemos hoy en día se las debemos a las luchas vecinales: equipamientos, espacios y derechos fueron logrados con extremo esfuerzo. Las asociaciones se establecieron por derecho propio como los interlocutores legitimados entre los habitantes de la ciudad y las administraciones públicas. Pero sabemos también que desde hace tiempo necesitamos alumbrar otras formas de organización vecinal y ciudadana, además de las actuales. Lo que discurre en esos espacios gestionados por la ciudadanía es algo muy distinto a lo que ocurrió en las luchas vecinales. En esos lugares donde parece desarrollarse una forma de experimentación urbana las infraestructuras (o los mismos espacios) no son únicamente un objeto de reclamación y disputa, como ocurriera antes, sino las infraestructuras a través de las cuales se ensayan otras formas de organización ciudadana y se ponen en práctica otros modos de hacer ciudad. Hay un punto de recursividad en esa relación entre colectivos y espacios: pareciera que es la preocupación y cuidado por el lugar lo que genera de vuelta los colectivos que los ocupan.

A través de esos espacios gestionados por los vecinos y las infraestructuras que los equipan la ciudad se expande hacia nuevas posibilidades. Los espacios son, por sí mismos, una interpelación política a las instituciones establecidas y la infraestructura no es aquí simplemente un recurso sino un elemento constitutivo que imprime a ese ejercicio político sus propiedades específicas. El trabajo de los colectivos de arquitectura resulta muy a menudo indispensable para alumbrar el camino a esas otras formas de organización urbana.

Sensibilidades materiales
Pero los colectivos no son simplemente agrupaciones profesionales de arquitectos sino todo un ecosistema profesional. Raramente uno se encuentra sólo con un colectivo si transita por cierta geografía madrileña de espacios culturales, centros de producción y lugares de intervención urbana y autogestión vecinal: Medialab-Prado, el Patio Maravillas, El Campo de Cebada, Intermediae, La Casa Encendida, Esta es una plaza, el Museo Reina Sofía… Los colectivos (en plural) parecen presentarse siempre colectivamente, en la forma de diálogos en encuentros, charlas o talleres. Los encuentros de Arquitecturas Colectivas son quizás el epifenómeno de esa condición por la cual los colectivos de arquitectura son, antes que nada, un ambiente de arquitectura colectivo. Ese ecosistema ha sido capaz de problematizar aspectos centrales de la ciudad que son ignorados por el urbanismo oficialista y la política urbana convencional: la transformación del espacio público, el olvido de la periferia, la necesidad de nuevas formas de organización ciudadana, el derecho a otras infraestructuras ciudadanas…

Los colectivos nos han mostrado que la ciudad no tiene por qué ser un lugar para mirar pero no tocar, nos han enseñado que la calle no tiene por qué ser un espacio de tránsito apresurado sino que puede convertirse en un remanso intervenido. Nos enseñan a tomar parte en la composición de una ciudad distinta utilizando materiales humildes para la recuperación de espacios en desuso. Es justo en esos vacíos urbanos que se han quedado fuera del circuito productivo donde otras formas de hacer ciudad de tintes experimentales emergen y se incorporan como nuevos metabolismos urbanos. La arquitectura de lo colectivo practicada por los CA trae a la ciudad una singular habilidad para que nos impliquemos materialmente en la configuración de lo urbano.

Los talleres en los espacios vacíos, los muebles diseñados en la calle, los solares que acogen las intervenciones de todo tipo constituyen ejercicios en los que se pone a circular el conocimiento necesario para modelar materiales que dan forma a la sociedad, en ellos se diseminan habilidades para planear la ciudad y a través de ello configurar lo urbano. Hay en esa sensibilidad material algo de lo cual los científicos/as sociales podríamos aprender mucho, una práctica de la que otros activismos podrían tomar inspiración, y un conocimiento que la política oficial debería comenzar a mirar con otros ojos y a mimar con nuevos recursos.

Componer ciudad
Las intervenciones en esos lugares singulares de la ciudad que emergen con la ayuda de los colectivos nos muestran que es posible dotar de nuevas capacidades al espacio urbano. En la calle caben, literalmente, cosas que hace tiempo habían desaparecido o que incluso nunca habían estado ahí: nuevas infraestructuras, otros estándares, distintas pedagogías… La expansión de la capacidad del espacio urbano extiende también las habilidades de quienes habitan la ciudad, ahora capaces de imaginarla en otros términos y practicarla de forma diferente. Mientras la arquitectura del estrellato acompañaba a la práctica especuladora que devastó la ciudad, los CA ensayan una arquitectura de la modestia que especula con otra manera de hacer ciudad.

A través de sus intervenciones los CA parecen pugnar por un nuevo reparto de sensibilidades urbanas pues sus prácticas y talleres están atravesados habitualmente por un gesto pedagógico: en ellos ponen su experticia a disposición de otros mientras se tornan en aprendices de nuevos conocimientos urbanos. La ciudad es demasiado diversa como para ser gobernada únicamente desde la atalaya de la arquitectura y el urbanismo, ya lo sabemos. Un nuevo conocimiento emerge en esos espacios urbanos, una nueva experticia: aquella a través de la cual se construyen espacios que dan cabida a una diversidad de conocimientos que componen otra ciudad distinta. Y esa no es una práctica que mina su profesión sino que la expande hacia nuevos horizontes, un gesto que imprime a sus intervenciones en la ciudad el carácter definitivo de una emancipación urbana, como Jacques Rancière nos ha ensañado.

Esa manera de tomar parte en la ciudad es un ejercicio genuinamente político; pero la suya no es una política que se hace parlamentando, a la manera del oficialismo tradicional, sino planeando, como su conocimiento disciplinar les ha enseñado. Su política no se articula a través del disenso que abunda en las cámaras de representación, sino mediante el diseño que ocupa los espacios urbanos de intervención. Por todo ello ese ejercicio no puede acomodarse en los estrechos límites de la figura de la participación. Frente a esa estéril figura, los CA evidencian que hay otra manera de tomar parte en la composición de la ciudad construyendo espacios y diseñando las infraestructuras necesarias para que podamos habitar en común. Componer (a la Latour) significa tomar parte en el diseño de las condiciones materiales de la política: infraestructuras, conocimientos y espacios que nos permiten desarrollar nuevas sensibilidades en el mundo. Los colectivos de arquitectura en su ejercicio de arquitectura colectiva nos proveen de los materiales para imaginar una ciudad distinta y equipar un nuevo derecho a habitarla.

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Sobre la noción de composición, dos breve textos de Bruno Latour donde desarrolla el concepto:

Latour, B. (2010). An Attempt at a “Compositionist Manifesto”. New Literary History, 41, 471–490.

Latour, B. (2004). Whose cosmos, which cosmopolitics? Comments on the Peace Terms of Ulrich Beck. Common Knowledge, 10(3), 450-462.

Imagen: Basurama, de sus talleres ‘Defiende el territorio desde el aire’.

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