¡Que no nos representan!… las encuestas tampoco

Al grito de no nos representan, el 15M aireó su descontento en las calles mientras impugnaba los principios de la política representativa que funda nuestras democracias parlamentarias. El lema trataba de señalar la falta de legitimidad de la política institucional y lanzaba una invitación para que cualquiera se sumase a la discusión sobre los asuntos públicos que nos conciernen a todos. Cinco años después, vemos que las formas de representación vuelven a situarse en el centro de la controversia; pero lo que ahora está en juego no es la representación política sino la representación sociológica encarnada por encuestas y sondeos con los que tratamos de dar cuenta de la configuración sociológica de las voluntades políticas. El fracaso manifiesto en las recientes elecciones evidencia cierta incapacidad de algunos instrumentos sociológicos convencionales para representar una sociedad en proceso de agitación.

Los sondeos han vuelto a errar en las recientes elecciones nuevamente. Todas las encuestas publicadas ha sido incapaces de anticipar, siquiera aproximarse, al resultado de las elecciones. Su desacierto repite lo que ya ocurriera en las elecciones europeas de 2014, cuando el sondeo del CIS no recogió ni rastro de Podemos, pese a que después consiguiera más de un millón de votos. Claro está que era imposible que detectara la intención de voto porque ni siquiera lo había incluido entre las opciones que podían elegir los encuestados. Tales desatinos no quedan circunscritos a España. El referéndum sobre la salida del Reino Unido de la Unión Europea ha sorprendido porque al no haber indicios previos en los pronósticos de los sondeos de tal resultado. Los sondeos han fallado como ya lo hicieran en ocasiones anteriores (aquí dos análisis sobre ello 1 y 2)

Las encuestas y sondeos modernos basados en la utilización de muestras representativas se desarrollaron en las primeras décadas del siglo XX. La historiadora Sarah Igo narra cómo las encuestas comenzaron a ser utilizadas a partir de la década de los treinta por el Estado y empresas privadas, su uso se extendió y emergió una nueva cultura de la encuesta y una cultura encuestada. Los resultados de las encuestas comenzaron a circular ampliamente y la sociedad transformó la imagen que tenía de sí misma: por primera vez había un instrumento con el cual representar a toda la sociedad de forma científica. A partir de ese momento los individuos comenzaban a verse como parte de un nuevo colectivo, una sociedad que podría representarse a sí misma. Las encuestas y los sondeos no sólo ofrecían nuevos datos sino que permitían ver, percibir e imaginar la nación de una manera diferente. Una sociedad moderna consciente de sí misma resultó ser no sólo un objeto de conocimiento sino un resultado de esas técnicas de representación.

Desde entonces, las encuestas y sondeos han sido instrumentos fundamentales para gobernar el presente y anticipar el futuro. La relevancia social y política de estos instrumentos no ha hecho sino crecer en unas sociedades inclinadas hacia la anticipación de sus riesgos y amenazas. Hace tres décadas, el riesgo se convirtió en una figura que capturó nuestra imaginación sociológica. Preocupados por los cambios de amplio alcance en el medioambiente, las transformaciones sociales y las crisis económicas periódicas, nos pensábamos como una sociedad del riego que debía encarar su futuro gestionando sus amenazas por anticipado. Hoy nos encontramos en un mundo donde seguimos manteniendo conciencia de las amenazas presentes, pero hay además algo nuevo que desborda las fronteras estrechas del riesgo para situarnos de lleno en el terreno de la incertidumbre. La incertidumbre es una situación muy diferente del riesgo. Si el segundo constituye una situación en la cual es posible establecer las amenazas potenciales y estimar la probabilidad de que se cumplan en el futuro, la incertidumbre es una situación radicalmente distinta porque ni siquiera podemos estimar las potenciales situaciones futuras. La incertidumbre es una situación de imprevisibilidad.

En mitad de la incertidumbre, hemos tomado conciencia de que nuestros saberes y las instituciones convencionales que los albergan no son ya suficientes para tomar decisiones clave sobre el mundo. No importa cuál sea el asunto que hemos de afrontar: la ubicación de una central nuclear en el terreno más apropiado, las medidas para evitar el calentamiento global o la dirección de una campaña política. La incertidumbre nos obliga a repensar las experticias, los instrumentos y las instituciones a las que recurrimos para tomar nuestras decisiones. Somos conscientes de que ubicados en mitad de la incertidumbre, los instrumentos de prognosis con los que tratamos de anticipar el futuro parecieran ya no tener la misma validez que antes.

En esta situación, el grito de no nos representan resuena ahora de manera distinta y señala la incapacidad de los instrumentos sociológico convencionales para representar adecuadamente el presente y anticipar los posibles futuros. Quizás resulta sorprendente que pese al impulso creativo que atraviesa muchas de las prácticas políticas de Podemos, el partido deposite tanta confianza para animar sus expectativas políticas en un mecanismo tan convencional como son las encuestas y los sondeos. Quizás es el momento de preguntarnos qué otro tipo de instrumentos sociológicos requerirían los proyectos de renovación política que se han desplegado. Y si como nos cuenta Sarah Igo, las encuestas liberaron una nueva imaginación sociológica a través de la cual los individuos podían representar e imaginar a la sociedad en nuevos términos, podríamos preguntarnos qué tipo de imaginación sociológica podrían traernos esas otras herramientas y qué tipo de futuros podríamos imaginar gracias a ellas.

Imagen: Escena congreso de los diputados siglo XIX Eugenio Lucas Velázquez. Fuente: Wikimedia Commons. Dominio público.

Comments
One Response to “¡Que no nos representan!… las encuestas tampoco”
  1. djs says:

    Tres apuntes sobre las encuentas hechos por una persona de a pie que no es sociológo ni polítologo ni tiene mayor conocimiento de la metodología con la que se hacen las encuestas.

    1. El primero es el apunte paranoico. ¿Tendría sentido diferenciar entre el resultado de una encuesta y el resultado que se publica? ¿Se publican de verdad todos los resultados de una encuesta? Hoy parece claro que las encuestas tienen función performativa. Eso explicaría por quélos resultados varian de acuerdo a las posiciones defendidas por los actores y el hecho de que la variación es siempre a favor de los intereses del actor. Es decir, las encuestas no se usan como herramienta de conocimiento sino de persuasión. Siempre que se acepte la premisa de que los resultados no se publican.

    2. El segundo es el apunte metodológico. ¿Se podría pensar en publicar los dataset de las encuestas y poder volver a analizarlos o agregar datos de varios datasets y hacer nuevos análisis? Ojo que quizá esto ya se hace y yo no tengo ni idea.

    3. El tercer apunte es político. Con el 15M empezamos a hablar de irrepresentabilidad, de ausencia de líderes, de transvesalidad, de nueva política, de la necesidad de imaginar nuevas formas de participación y de democracia, etc. ¿No son las encuestas la antítesis de todo eso? Para mí las encuentas son el pan de tertulianos, la conversación de los cuñados en el bar y la encarnación de las pasiones tristes. Al hilo de lo que mencionas, es la ausencia de imaginación sociológica. Si hablamos en serio de multitudes inapropiables, de desborde, de la participación de los no represent(ados/ables), del poder constituyente y de la potencia de las pasiones políticas no podemos esperar que una encuesta vaya a capturar nada de todo eso. Aquí la derrota no es de unas encuestas erroneas sino de las pasiones tristes que no tenían más que una encuesta como herramienta de imaginación política.

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